Ángeles odiaba anglicismos como penalti, órsay o derbi. Su marido vivía apasionadamente todo lo relacionado con el fútbol pero ella, que ni tan siquiera comprendía eso del fuera de juego, anhelaba una vida en la que el vértigo y la emoción no se lo proporcionara una final de Champions o un penalti a lo Panenka.
Cuando Ángeles decidió cortar con esa vida, una llamada de Andrés dio un vuelco a la situación. Cuando él llegó del Vicente Calderón ella le esperaba vestida con unas braguitas rojiblancas recién compradas. Una curiosa combinación de equis, unos y doses hizo el resto.
Cuando Ángeles decidió cortar con esa vida, una llamada de Andrés dio un vuelco a la situación. Cuando él llegó del Vicente Calderón ella le esperaba vestida con unas braguitas rojiblancas recién compradas. Una curiosa combinación de equis, unos y doses hizo el resto.












