lunes, 22 de febrero de 2021

Mentiras piadosas (Dia 53)

 Este ha sido uno de los dos relatos con los que he quedado finalista semanal en el concurso "Cuenta 140" de "El Cultural".

Día 53: "Mentiras piadosas" (un microrrelato al día)



sábado, 20 de febrero de 2021

Mi padre se llamaba Francisco (Día 51)

Quizás no tengáis ni idea quién era el padre del narrador. Es posible que el otro personaje que aparece en la historia os resulte más familiar.

Día 51: "Mi padre se llamaba Francisco" (un microrrelato al día)



Hace una semana enterramos a mi padre. Después de luchar durante un mes contra el virus decidió que a su edad no merecía la pena seguir sufriendo. Hoy, con su recuerdo aún muy presente, rememoro la primera vez que supe lo que de verdad era la muerte. Yo era un crío y, hasta entonces, los únicos muertos que conocía estaban en los cómics de mi habitación. Aquel otoño pude vivir de cerca los últimos momentos del abuelo de aquel compañero al que llamábamos el Estirado.

Él contaba con orgullo cómo su familiar estuvo trabajando hasta el último instante y que poco antes de expirar dejó escrito, con pulso trémulo, cómo debía continuar la dirección de su empresa y quién debía llevarlo a cabo. Al Estirado se le llenaba la boca soltando como una retahíla las enfermedades que le aquejaban y que nosotros no conocíamos ni de oídas: úlcera digestiva, peritonitis, párkinson, fracaso renal, tromboflebitis, bronconeumonía… Hasta que llegó el infarto y aquel anciano que, muy pocas veces había estado ingresado, pasó sus últimos días entubado en un hospital. Relataba todo con tanto detalle que, dentro de nuestra inocencia, veíamos a aquel moribundo como una especie de Capitán Trueno. Más aún cuando supimos que de joven luchó en varias guerras, saliendo siempre victorioso.

Lo que jamás nos dijo fue que, aunque esa aureola heroica lograba que muchos lo tuvieran como inmortal, agonizó rodeado de estampitas de santos y vírgenes. Tampoco contó que poco antes de ingresar vivió, casi a oscuras, sentado en una butaca ataviado con botas y uniforme militar, escuchando himnos marciales y alimentándose de foie gras, yogures y Nescafé. Omitió todo lo relacionado con el pulso que mantuvo su familia con los doctores para frenar lo inevitable. Quizás ni tan siquiera el Estirado sabía que lo operaron varias veces, con la consciencia perdida, sabiendo que nada podían hacer por él. Y que incluso prolongaron su existencia de forma artificial para fijar su muerte en una fecha concreta.

Hoy todos saben que aquellos fueron días tan intensos como los actuales y que, al igual que ahora, la gente estuvo junto a los televisores para enterarse de las últimas horas de aquel hombre decrépito. Que las tiradas de los periódicos se agotaban según salían a la calle y que los productos más vendidos fueron los crespones y el champán. Si mi padre pudiera hablarme diría que no le habían importado las circunstancias de su entierro. Porque si al suyo solo pudimos asistir mi hermana y yo, el otro fue retransmitido por televisión. Por suerte, él y el abuelo del Estirado solo tenían en común el nombre y el primer apellido.


viernes, 19 de febrero de 2021

Practicidad (Día 50)

 Día 50: "Practicidad" (un microrrelato al día)



Hoy: Encuentro virtual "Microrrelatando en Usera"

Si esta tarde no tienes nada mejor que hacer, te invito al encuentro virtual "Microrrelatando en Usera" que se celebrará hoy a las 18.30 h. Lo organiza la Biblioteca Pública José Hierro y en él estaremos Sara Nieto y yo hablando sobre microrrelatos.

Puedes asistir de forma virtual a este encuentro a través del siguiente enlace:
Esta tarde te espero ;)


sábado, 13 de febrero de 2021

Hábitats (Día 44)

Día 44: "Hábitats" (un microrrelato al día)

Para hoy sábado dejo una historia un poco más larga de lo habitual. En este caso, la foto que acompaña al relato también es mía.


HÁBITATS

 

A las ocho suena el despertador. Me aseo lo mejor que puedo, dejo preparado el café y abandono mi casa agarrado al bastón. Nada más cerrar la puerta veo cómo del piso de enfrente sale un muchacho joven a medio vestir, pero con la mascarilla puesta. ¡Estos se protegen para lo que quieren! Desde que la vecina cambió la calle Carretas por su domicilio, cada vez tiene más éxito. Será que a estos negocios no les afecta la cuarentena.

Al bajar las escaleras saludo al muerto de hambre del quinto que aparece, con guantes de fregar y un trapo en la boca, dispuesto a recorrer los pocos comercios abiertos en busca de alimento para la familia. Hay gente que en el reparto de cerebros tuvo que llegar tarde porque tiene cuatro hijos y la tripa de su mujer anuncia la llegada inminente del quinto. Al verme se echa a un lado. Mejor, no quiero que su olor a miseria y hambre enmascare mi nuevo perfume.

Si hubieran arreglado el ascensor evitaría cruzarme con la chusma, pero mientras siga este maldito virus no vendrán a repararlo. En el siguiente tramo de escaleras escucho la cháchara de las cotillas del cuarto. Desde que tenemos que bajar andando les gusta salir a su puerta para controlar. Como sé que están ahí, aprovecho para toser muy fuerte. El efecto es fulminante y cuando llego a su descansillo han cerrado sus puertas.

Restriego mi mano por la barandilla de la escalera, para dejarlas un recuerdo, y continúo la marcha. Por suerte, en el tercero no hay nadie. Aunque en el A vivían otros dos ancianos, hace unas semanas pasaron a mejor vida. No se los llevó el virus sino una estufa. Ese día la combustión falló y el monóxido de carbono los dejó en el sofá como dos pajarillos. En el B hay otro hombre de mi quinta al que apenas se le ve, y ahora con el confinamiento todavía menos. Habré perdido el olfato, pero sé que está pegado a la mirilla porque cuando paso junto a su puerta escucho su respiración honda y cansada. Este no tiene ganas de morirse.

Al llegar al segundo lentifico mi paso aún más, intentando hacerme el encontradizo con la chica que está de alquiler. Es pelirroja y tiene la cara llena de pecas. Me encanta. Dicen que es profesora de inglés en un instituto privado. Estos días, desde que han suspendido las clases, rara vez la veo. Si me conociera podría enamorarse de mí. Con arrugas y todo, le resultaría irresistible a una jovencita como ella. Hoy tampoco hay suerte y el que está en la puerta es su compañero de piso: un chaval amanerado al que le gusta darme palique. No sé cuándo va a comprender que siempre he sido de carne y a mi edad ya no se cambia. El pescado para los gatos, o para gente como él. Intuyo que me regala una sonrisa picarona bajo su mascarilla casera. Respondo con un movimiento tenue de cabeza, sin mover mi boca ni un milímetro. No quiero que piense lo que no es.

¡Maldito ascensor! ¿Hasta cuándo estaremos así? Solo queda el último tramo, el peor. Por un lado, están los perroflautas que alquilaron el primero B. No pueden renegar del apodo porque tienen dos chuchos pequeños y de su piso sale una melodía desafinada y sin sentido. ¡Si aún existiera el gran Saverio Mercadante entraría en su casa y los molería a palos con su flauta! Para rematar con la fauna, en el primero A viven los chinos del bazar. Pensaba que, en su país, por la superpoblación, no se les permitía tener más de un hijo. Estos debían tener enchufe en el gobierno porque tienen tres. Al menos apenas molestan porque siempre están metidos en su antro de todo a cien. Eso sí, desde que ha empezado esto andan escondidos como las ratas esas que comen.

Al fin, casi sin respiración, alcanzo al descansillo del portal. Cada día cuesta más llegar. Aun así, debo seguir haciéndolo para dejarme ver. Observo mi rostro en el espejo de la entrada, lamo los dedos de mi mano derecha y repaso, con varios movimientos firmes, los cuatro pelos que aún aguantan en mi flequillo. Me gustaría caminar hasta el trabajo, pero en su momento dejaron claro que ya solo era una carga. Hace años que me jubilaron y sigo echándolo de menos.

Desde hoy pueden abrir los bares y supongo que los jefes ya estarán en su cafetería degustando su Kopi Lowak y respirando ese olor a pan tierno y bollos recién hechos. Siempre quise entrar en ella y sin embargo, tenía que conformarme con el bar de enfrente donde se respiraba esa mezcla de aceite rancio, sucedáneo de café y sudor avinagrado.

En ese momento soporto otro ataque de tos, el más fuerte de los que tenido hasta ahora. Toco mi frente y noto que la fiebre sigue subiendo. Sé que tendría que llamar al médico, pero si tengo que morir prefiero hacerlo aquí antes que abandonado como un perro en el hospital. Mientras me mentalizo de que debo subir los seis pisos, recuerdo de nuevo a los del trabajo y me doy cuenta de que tampoco hay tanta diferencia entre ellos y yo. Allí toman café de mierda de civeta, mientras que yo bebo un brebaje en el que hay bastantes opciones de que haya excrementos de rata. Sujeto con fuerza el bastón, descoloco mis cuatro pelos mal peinados, y pienso en el aroma que desprende el café torrefacto que arriba me espera. Quizás sea el último.


Mentiras piadosas (Dia 53)

  Este ha sido uno de los dos relatos con los que he quedado finalista semanal en el concurso "Cuenta 140" de "El Cultural&qu...