A ella le gustaba sentirse única e imaginar que volaba por medio mundo, pero el desprecio hacia su marido superaba ese deseo. Él soñaba que, gracias a su voz prodigiosa, recorría continentes dando conciertos pero prefería ningunear a su mujer. Y aunque vivían juntos y amargados, sacrificando anhelos por fastidiar al otro, al acostarse rezaban en silencio. Hasta que aquella mañana él despertó cantando y ella pudo volar. Como contrapartida al milagro sus cuerpos sufrieron una inexplicable transformación y sus viajes idílicos quedaron condenados a la exigua distancia existente entre los dos palos de una pajarera fabricada en Australia.

Precioso, muy bien llevado. Me ha encantado en cuento, hasta su moraleja.
ResponderEliminarUn abrazo
Pero qué pajarera!
ResponderEliminarSaludos!
J.