jueves, 24 de noviembre de 2016

Repugnancia


Cuando el indigente le sale al paso solicitando ayuda, Javier se tapa la nariz, mira hacia otro lado y le insulta. En su vida solo cuenta esa oferta, que nunca llega, para ser un mandamás de la multinacional donde trabaja, acumular deportivos en su garaje y muchos ceros en su nómina. Ya en casa suelta la tableta y el iphone, se quita traje y corbata, e intenta eliminar la gomina y el rictus castigador. Después, al entrar en el salón, su mujer evita su mirada, mientras que sus hijos se tapan la nariz y le insultan en voz baja.


3 comentarios:

  1. Tiempo sin pasar. Siempre tan crítico con las realidades humanas...

    ResponderEliminar
  2. Hay cerdos que visten de Armani, pero no dejan de emitir su hedor.

    Un asaludo

    ResponderEliminar
  3. ¿Por qué en voz baja?
    Los insultos duelen más cuando ni siquiera se los pronuncia.
    Lo digo por los hijos, claro.

    Saludos

    J.

    ResponderEliminar