miércoles, 9 de noviembre de 2016

Liturgias


Cogidos de la mano, y arreglados con sus mejores galas, el matrimonio se dirige presuroso a cumplir sus obligaciones dominicales con el Señor. En la iglesia siempre son los primeros en comulgar, los últimos en marcharse. Pero el verdadero culto comienza al llegar a casa, cuando tras cruzar la puerta él reparte la primera hostia, y sin necesidad de consagración ni sermones imparte su fe con puñetazos, patadas e insultos. Al finalizar su particular ceremonia, expone su homilía sobre cómo evitar los pecados terrenales, mientras que ella, con la cara hinchada y la estima pisoteada, suplica arrodillada su perdón.

3 comentarios:

  1. Uf. Me ha dejado helada. Estupor a raudales. Curiosamente, sin dudarlo que ha habido hombres bien dado a los deberes de misas y monsergas, que NO saben nada de la doctrina religiosa.

    Un buen texto. Muy duro. Un saludo

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  2. Es la moral cristiana en su máxima expresión, siempre, sin importar a qué secta se pertenezca. En fin. El yugo siempre está, aunque nos acostumbremos a él.

    Saludos,

    J.

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  3. Este se pasa de crudo hasta para ti. Espeluznante.

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