miércoles, 11 de diciembre de 2013

La llave


En cuanto le escuchaba pelearse con la cerradura, se acurrucaba suplicando que no la tocara. Lo de menos era que volviera borracho, con los bolsillos vacíos y otro gatillazo para su lista de conquistas a olvidar.

Ana tardó meses en descubrir que el vecino con el que cada mañana coincidía en el ascensor podía ofrecerla algo más que educación, y cinco minutos en llenar la maleta de los viajes largos. 

Anoche, cuando él regresó eufórico por haber mantenido una erección durante un minuto, abrió sin problemas la puerta. Aún no sabía que jamás volvería a abrir la de Ana.