viernes, 3 de enero de 2014

Sinsentido

Su vida era feliz hasta que en casa empezaron a aparecer, para quedarse, palabras que jamás había escuchado antes. La primera fue bancarrota. Después vino otra que tampoco entendía, pero empezó a sentir; era desahucio. La tercera le agujereó para siempre su existencia; era suicidio. Después llegaron deudas, Hacienda, y un número que ni tan siquiera sabía escribir, pero se repetía alrededor suyo de forma machacona: 18000 euros. Hoy, con solo seis años, su vida se compone de palabras sin sentido, una madre desquiciada y decenas de cartas repitiendo el galimatías: “heredero de distintas cuentas pendientes con el Estado…”

2 comentarios:

  1. Usamos las palabras como juego.
    Haríamos bien en comprender que son poseedoras de fuerzas propias y seríamos selectivos al elegirlas para nuestro beneficio.
    En éste sentido no distamos de la masa imbécil que fascinada por oír el tronido de un petardo causó el incendio y la pérdida de las casas de los que ahí habitaban.
    Como especie, aún rebuznamos.

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  2. Y este sin sentido lo permitimos...unos más que otros. De locos.

    Un saludo indio
    Mitakuye oyasin

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