lunes, 26 de noviembre de 2012

Vía crucis


Juana ha abandonado hoy su casa de la calle del Calvario, donde ha vivido durante años. Arrastra dos maletas, respira con dificultad, y tiene las lágrimas empujando para salir. Sabe que los años cada día se notan más, pero no son estos ni las maletas los que dificultan su marcha sino el peso de las deudas y el del desahucio. Ahora prefiere no pensar en ello, solo desea un sitio para descansar. Ha pensado en cobijarse bajo el Viaducto, pero aún no ha decidido si al llegar allí se quedará bajo los arcos o intentará llegar hasta la barandilla.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Sentimientos encerrados


Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto que solo yo puedo escuchar. Sus ojos me traspasan suplicándome que sea yo el que vaya hacia ella. El cabello rubio y rizado se desparrama a lo largo del cuerpo semidesnudo esperando ser acariciado por fin. Las manos…, esas manos que me invitan a que me entregue a ella… ¡Piiiiiiiip! La complicidad que una noche más se ha establecido entre nosotros se rompe cuando, tras el pitido, la luz se apaga. Decido acabar lo que ya he empezado mientras busco a oscuras, su cuerpo clavado en la pared.


jueves, 15 de noviembre de 2012

Ilusiones perdidas

Para variar, os dejo con un microrrelato que no es mío, sino de Sergio Cossa. La fotografía en la que se basa el microrrelato la cedí hace un tiempo a Danik Lammá para uno de los concursos de Triple C

Es para mí una enorme satisfacción que esta imagen, que tomé hace más de tres años, haya dado origen a esta maravillosa historia, que resultó ganadora de la final mensual de dicho concurso (mes de julio).


P.D. La foto está tomada en la parada de Julián Besteiro (Metrosur)


Ilusiones perdidas
Los días de lluvia son los preferidos de Daniel Baroni. Cepilla con esmero el esmoquin roído, se viste ansioso, toma la caja de cartón con su tesoro y sale a la calle. Su cara reluce bajo el aguacero, mientras sortea figuras grises, rumbo a la estación del metro. Dentro del hall, al pie de la escalera, desenvaina la batuta descolorida y se dispone a dirigir la orquesta. Los primeros instrumentos que hace entrar son las gotas que caen en los baldes de los escalones. Sus manos llevan el compás y dan paso a las finas goteras que repican sobre la baranda metálica. Al final, entran las que suenan contra los acrílicos. Manso en algunos pasajes, en otros enérgico y vehemente, llena el lugar con música y se dibujan círculos de público a su alrededor. Cuando finaliza el concierto, su reverencia es acompañada por el aplauso burlón de los curiosos. Algunos le arrojan monedas antes de marcharse.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Soledad


Primero sus hijos se marcharon de casa para comenzar su vida, después una mañana su gata dejó de maullar, más tarde fue María la que un día no se levantó más y por último llegaron los sesenta y cinco. Se jubiló hace meses, pero todavía sigue con su rutina de levantarse a las siete, ducharse, desayunar y coger el metro. Siempre toma la línea 6, la circular, donde da vueltas continuas hasta la hora de comer; tras la siesta repite línea hasta la cena. No ha perdido la cabeza, solo busca atenuar ese dolor que le impregna la memoria.