viernes, 26 de diciembre de 2014

Suspenso en Química

A principios del siglo XX Lewis y Trautz proponen la teoría de las colisiones para justificar las reacciones químicas. Así, para que una reacción se produzca las moléculas reactantes deben chocar de forma efectiva, es decir, los choques deben darse con la energía suficiente y la orientación adecuada. A muchos kilómetros de allí Olivia y su marido intentan noche tras noche, día tras día, tener un hijo para educarle y darle su amor. Tralari, tralari el padre estira y contrae con vigor los tirantes de los pantalones, empeñado en desmontar esta teoría aunque jamás ha oído hablar de ella.


miércoles, 17 de diciembre de 2014

El otro 6 de agosto


La lluvia negra se disipó y el hongo que cubría la ciudad fue empequeñeciéndose. La temperatura descendió un millón de grados, y desaparecieron la columna de humo y los incendios. A las 8:15 h. Little Boy ascendió cientos de metros en pocos segundos hasta que entró a su compartimento. Jeppson puso los dispositivos de seguridad, y Parsons la mantuvo desactivada. El B-29 retrocedió a toda velocidad y seis horas después aterrizó en Tinian. Ni Paul Tibbets, ni Robert Lewis volaron ese lunes. Un año después el avión acabó desguazado. Hoy nadie sabe cómo se llamaba la madre del piloto.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

El sueño del lobo


Después de muchas semanas en vela, los pastores de la zona por fin duermen tranquilos. Hace ya unos cuantos días que el lobo no ha vuelto a atacar sus rebaños. Unos dicen que, asustado por las últimas batidas, se ha marchado a buscar alimento a otro sitio; otros creen que ha muerto. Y sin embargo sigue vivo, y en el mismo lugar de siempre. Encerrado en su guarida, nadie imagina cuánto está sufriendo desde que ha pasado de dormir soñando con las ovejas que devoraría al día siguiente, a necesitar que estén vivas para poder contarlas y así dormir.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

La caja


Cada vez que cierra el arcón rememora aquella infancia reducida a malcomer, dormir en posición fetal y hacer sus necesidades encerrado entre cuatro paredes. Jamás olvidará aquel olor a madera vieja, la oscuridad y el sonido amortiguado de la vida allá afuera, donde esperaban los monstruos. Cuando salía, entumecido y cegado, le retumbaban los gritos roncos de su madrastra, acompañados por las risas de aquellos bastardos, que al menos nunca le llamaron hermano. Esa agonía deja marcas eternas, pero aprendió a ser fuerte. Por eso jamás escucha las súplicas de los niños del barrio cuando les echa el cerrojo.