viernes, 22 de noviembre de 2013

Ajipedobes


Esta entrada es mi propuesta para el reto de noviembre de Esta noche te cuento. Esta vez se trataba de inventar una palabra y yo he tomado Ajipedobes, palabra que realmente no he inventado. Si quieres ver de dónde procede la palabra, y las coplillas que vienen en cursiva, puedes leer primero la historia y luego visitar este enlace.


AJIPEDOBES
Él no se llamaba Carlos, ni la necesitaba como amante para trepar en su profesión. Ella no se llamaba Luisa, no pertenecía a la realeza, y la bastaban los ratos que él le proporcionaba en la cama para sentirse como una reina. 

Mi puesto de Almirante 
me lo dio Luisa Tonante, 
ajipedobes la doy 
considerad donde estoy… 

Por suerte no vivieron a principios del siglo XIX, y hoy ella sigue disfrutando a diario de su ración de ajipedobes. 

La realeza te hizo muchos favores 
y tú sólo le diste ajipedobes. 
Anda, Luisa, 
pronúncialo a la contra; verás qué risa.



martes, 12 de noviembre de 2013

Los abrazos del poeta


Cuando las vecinas le preguntaban qué había ocurrido con sus brazos contaba que se los entregó en África a un león, ansioso por devorarle, para poder escapar. En el bar de la esquina decía habérselos dado al mequetrefe que plagiaba sus obras, para que así pudiera firmarlas con sus propias manos. En las tertulias del café teatralizaba todo aún más y a diario inventaba historias nuevas. Nadie sabía qué le había pasado, ni tan siquiera él quería recordarlo. Al acabar el día, cuando llegaba al cuarto de su pensión, lloraba desconsolado por no poder abrazar más a su amada.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Pesadilla

(La foto está tomada de la red)

Cada mañana se levantaba recordando ese sueño incomprensible que le acompañaba los últimos meses. En él se veía como una persona querida por todos, rodeado de felicidad y paz, en un mundo en el que nadie era más que nadie. En cuanto ponía los pies en el suelo se vestía con su uniforme, mandaba que le prepararan un café bien cargado y se marchaba a su despacho. Le bastaba con empapar de tinta su pluma y firmar un par de sentencias de muerte para conseguir que esas pesadillas recurrentes, que tanto le atormentaban, desaparecieran al instante de su cabeza.